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Miguel Hernández, de pastor poeta a planeta menor

Canción última

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa

del color de las grandes

pasiones y desgracias.

 

Regresará del llanto

adonde fue llevada

con su desierta mesa,

con su ruinosa cama.

 

Florecerán los besos

sobre las almohadas.

 

Y en torno de los cuerpos

elevará la sábana

su intensa enredadera

nocturna, perfumada.

 

El odio se amortigua

detrás de la ventana.

 

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

 

Publicado en El hombre acecha [1938]

Miguelhernández está en los cielos y entre las estrellas, literalmente. Hace unos días, la Unión Astronómica Internacional bautizó al planeta menor del sistema solar (6138) 1991 JH1 con el nombre del humilde poeta español –sólo con un leve cambio ortográfico– que pasó los primeros años de su vida pastoreando ganado.

Aún con el merecido homenaje astronómico por su legado, en su momento el “pastor poeta”, “campesino moreno y exótico”, causó el rechazo y la incomodidad del círculo literario de Madrid, izquierdista pero heredero de familias acomodadas. El mismo García Lorca prefería no visitar una casa si sabía que Miguel Hernández estaba ahí.

Con el inicio de la Guerra Civil Española, Miguel Hernández se unió al frente republicano, lo que le valió un extenso peregrinar por las cárceles españolas. En una de ellas, en 1942, terminó por enfermar de una tuberculosis pulmonar tan grave que hizo imposible trasladarlo a un sanatorio y lo llevó a la muerte.

Así, joven y enfermo, terminó sus días el poeta que supo conjugar pasiones íntimas con fervores políticos, arengas públicas con el deseo sexual, rebeldía ideológica con la ternura familiar, siempre dentro de formas líricas lejanas de la retórica y más cercanas a la desnudez de la poesía popular.

Miguel Hernández en modo shuffle:

Menos tu vientre,

todo es confuso

 

Menos tu vientre,

todo es futuro,

fugaz, pasado

baldío, turbio.

 

Menos tu vientre,

todo es oculto.

 

Menos tu vientre,

todo inseguro,

todo postrero,

polvo sin mundo.

 

Menos tu vientre

todo es oscuro.

 

Menos tu vientre

claro y profundo.

Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre

y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:

tal vez porque he sentido su corazón cercano

cerca de mí, casi rozando el mío.

 

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,

y además menos solo. Ya vosotros sabéis

lo solo que yo soy, por qué soy yo tan solo.

Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,

Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,

Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos

por lo que enloquecemos lentamente.

 

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,

donde la telaraña y el alacrán no habitan.

Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros

de la buena semilla de la tierra.

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula

sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.

Ya sé que en esos sitios tiritará mañana

mi corazón helado en varios tomos.

 

Quitémonos el pavo real y suficiente,

la palabra con toga, la pantera de acechos.

Vamos a hablar del día, de la emoción del día.

Abandonemos la solemnidad.

 

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita

que la insolencia pone bajo nuestra nariz,

hablaremos unidos, comprendidos, sentados,

de las cosas del mundo frente al hombre.

 

Así descenderemos de nuestro pedestal,

de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos

a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,

sin el brillo del lente polvoriento.

 

Ahí está Federico; sentémonos al pie

de su herida, del chorro asesinado

que quiero contener como si fuera mío

y salta y no se acalla entre las fuentes.

 

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.

Por eso nos sentimos semejantes al trigo.

No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,

y la familia del enamorado.

 

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.

Tan sensibles al clima como la misma sal,

una racha de otoño nos deja moribundos

sobre la huella de los sepultados.

 

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos

en todo arraigan, piden posesión y locura.

Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,

con el terrestre sueño que alentamos.

 

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,

Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,

Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.

Hablemos sobre el viento y la cosecha.

 

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,

en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.

Veré si hablamos luego con la verdad del agua,

que aclara el labio de los que han mentido.

Tengo estos huesos hechos a las penas

y a las cavilaciones estas sienes:

pena que vas, cavilación que vienes

como el mar de la playa a las arenas.

 

Como el mar de la playa a las arenas,

voy en este naufragio de vaivenes,

por una noche oscura de sartenes

redondas, pobres, tristes y morenas.

 

Nadie me salvará de este naufragio

si no es tu amor, la tabla que procuro,

si no es tu voz, el norte que pretendo.

Un carnívoro cuchillo

de ala dulce y homicida

sostiene un vuelo y un brillo

alrededor de mi vida.
Rayo de metal crispado

fulgentemente caído,

picotea mi costado

y hace en él un triste nido.

 

Mi sien, florido balcón

de mis edades tempranas,

negra está, y mi corazón,

y mi corazón con canas.

 

Tal es la mala virtud

del rayo que me rodea,

que voy a mi juventud

como la luna a la aldea.

 

Recojo con las pestañas

sal del alma y sal del ojo

y flores de telarañas

de mis tristezas recojo.

 

¿Adonde iré que no vaya

mi perdición a buscar?

Tu destino es de la playa

y mi vocación del mar.

 

Descansar de esta labor

de huracán, amor o infierno

no es posible, y el dolor

me hará a mi pesar eterno.

 

Pero al fin podré vencerte,

ave y rayo secular,

corazón, que de la muerte

nadie ha de hacerme dudar.

 

Sigue, pues, sigue, cuchillo

volando, hiriendo.

 

Algún día

se pondrá el tiempo amarillo

 

sobre mi fotografía.

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