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José Gorostiza: poeta avaro que llegó a la cima

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"Borrasca"

Noche, madre sombría,

de nubes negras y relámpagos ágiles,

cuyos gritos de luz al mar doblegan:

Menesteroso de silencio, pido

tres palmos de la orilla

desolada,

de donde pueda regresar sencilla,

como un fuego marino, la mirada.

Nublada debo de tenerla ahora,

mientras el mar castiga sus lebreles,

si tú piensas la angustia de una estrella

– viento del norte la desprende el oro –

y yo, sin los resabios

del camino,

en un beso feliz, añejo vino,

dulce soplo de brisa entre losa labios.

En el mismo sendero son viadores

un límpido crepúsculos de luna

y el pájaro fugaz de la tormenta.

Para un mismo viajero

se divide en jornadas el camino,

porque pasan la aurora y el copo del lucero

vespertino

en un solo sendero.

Noche, madre sombría:

Cuando llegue el minuto negro de mi borrasca,

hazme sufrirlo aquí, junto a la orilla

del agua amarga.

que, si me vienen ganas de llorar,

quiero tener azules las ideas,

y en mis palabras el sonar

de las mareas.

Poeta y diplomático, dos profesiones que algunos de los hombres de letras españolas más importantes han conjugado. Tal vez por el uso hábil, profundo y exacto de las palabras; tal vez por la sensibilidad en el trato con seres foráneo. A este grupo pertenece el tabasqueño José Gorostiza.

Hablar de Gorostiza es referirse a unos de los pináculos de la poesía mexicana. Formó parte del grupo de los Contemporáneos y tuvo la ambición de hacer que la poesía recuperar su carácter universal. Gorostiza supo hablar de temas populares desde una expresión poética tradicional, como su interés por la métrica demuestra.

Autor avaro, que en su vida publicó sólo cuatro libros (uno de ellos, su Muerte sin fin es considerado como uno de los más grandes artefactos poéticos de la lírica moderna), Gorostiza fue uno de esos poetas capaces  de crear un ambiente lírico único en su obra.

José Gorostiza en modo Shuffle

Tu destrucción se gesta en la codicia

de esta sed, toda tacto, asoladora,

que deshecha, no viva, te atesora

en el nimio caudal de la noticia.

 

Te miro ya morir en la caricia

de tus ecos, en esa ardiente flora

que, nacida en tu ausencia, la devora

para mentir la luz de tu delicia.

 

Pues no eres tú, fluente, a ti anudada.

Es belleza, no más, desgobernada

que en ti porque la asumes se consuma.

 

Es tu muerte, no más, que se adelanta,

que al habitar tu huella te suplanta

con audaces resúmenes de espuma.

Te contienes, oh Forma, en el suntuoso

muro que opones de encarnada espuma

al oscuro apetito de la bruma

y al tacto que te erige luminoso.

 

Dueña así de un dinámico reposo,

marchas igual a tu perfecta suma

ay, como un sol, sin que el andar consuma

ni el eco mismo de tu pie moroso.

 

¡Isla del cielo, viva, en las mortales

congojas de tus bellos litorales!

Igual a ti, si fiel a tu diseño,

 

colmas el cauce de tu ausencia fría;

igual, si emanas de otra tú, la mía,

que nace a sus insomnios en mi sueño.

La casa del silencio

se yergue en un rincón de la montaña,

con el capuz de tejas carcomido.

Y parece tan dócil

que apenas se conmueve con el ruido

de algún árbol cercano, donde sueña

el amoroso cónclave de un nido.

 

Tal vez nadie la habita

ni la quiere,

Y acaso nunca la vivieron hombres;

pero su lento corazón palpita

con un profundo latir de resignando,

cuando el rumor la hiere

y la sangra del trémulo costado.

 

Imagino, en la casa del silencio,

un patio luminoso, decorado

por la hierba que roe las canales

y un muro despintado

al caer de las lluvias torrenciales.

 

Y en las noches azules,

la pienso conturbada si adivina

un balbucir de luz en sus escaños,

y la oigo verter con un ruido

ya casi imperceptible, contenido,

su lor paternal de tres mil años.

¡Agua, no huyas de la sed, detente!

Detente, oh claro insomnio, en la llanura

de este sueño sin párpados que apura

el idioma febril de la corriente.

 

No el tierno simulacro que te miente,

entre rumores, viva; no madura,

ama la sed esa tensión de hondura

con que saltó tu flecha de la fuente

.

Detén, agua, tu prisa, porque en tanto

te ciegue el ojo y te estrangule el canto,

dictar debieras a la muerte zonas;

 

que por tu propia muerte concebida,

sólo me das la piel endurecida

¡oh movimiento!, sierpe que abandonas.

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Fotos:

elsiglodetorreon.com.mx

poblanerias.com

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