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Flor de noche: Xavier Villaurrutia

 

 

 

 

 

 

Por León Cuevas

Era la primera mitad del siglo XX, en donde se daban con todo dos grupos de poetas, la batalla entre Los estridentistas y Los contemporáneos fue la gran madre de las peleas poéticas modernas en México. Ambos grupos con la influencia de las vanguardias europeas, pero a la vez con una rebelión ante estas mismas, tratando de imponer cada uno a la vez su posición vanguardista. Entre los poetas pertenecientes a Los contemporáneos, destacaba Xavier Villaurrutia, un joven poeta y también dramaturgo de la Ciudad de México, quien escribía versos influenciados por El Futurismo, El Surrealismo y Ramón López Velarde, tratando de romper esquemas académicos, los cuáles evitaban a toda costa la rima no deseada o los aforismos románticos. La poesía de Villaurrutia en realidad era melancólica y oscura; cantos nocturnos, paisajes solitarios, campos de nieve, umbrales de la muerte, entre otros temas.

El autor escribe tres libros importantes dentro del género lírico: Reflejos (1926), Nostalgia de la muerte (1938) y Canto a la primavera (1948), de los tres, Nostalgia de la muerte es el ejemplo más claro de esta hermosa desolación que transmiten sus versos. En los otros dos hay juegos de amores resquebrajados en medio de una primavera seca y un invierno perpetuo, pero en aquel segundo poemario nostálgico (el cual incluye todos sus poemas “Nocturnos”), refleja una increíble sensación de estar presenciando un atardecer, sabiendo que el sol se irá por un largo tramo y ya después entre las heladas brazas de la noche, te hará recordar el cielo estrellado que en algún momento vas a morir.

Villaurrutia se despoja de sus obligaciones o cargos importantes varias veces a lo largo de su vida, desde haber dejado la carrera en Jurisprudencia por dedicarse por completo a la literatura (ya ahí influenciado por Salvador Novo), hasta su periodo trabajando en la UNAM, en donde afronta a la terrible y agotadora burocracia. Lo que lo dejó en la inmortalidad además de sus poemas y textos dramáticos, fue su participación en la revista Contemporáneo y su importante integración dentro del grupo al que justamente se hacen llamar Los contemporáneos, en donde comparte sus letras junto con otros entrañables como el mismo Salvador Novo, José Gorostiza, Pellicer y Torres Bodet. También su importante colaboración y codirección en la revista llamada Ulises, la cual llaman así en honor a James Joyce, además su participación en otras revistas como El hijo pródigo, Antena o La falange.

El poder de Villaurrutia en sus letras es el que contenían tanto el grupo de Los Contemporáneos como el de Los Estridentistas, un tono europeizado dentro de un México bárbaro que soporta la resaca de una modernidad acelerada. El Estridentismo reclamaba que eran Los Contemporáneos quienes pertenecían a lo académico y a ese eurocentrismo, pero a la vez si se ve en un punto estricto, Los Estridentistas serían una especie de “semi dadaístas mexicanos”, y es a lo que Los Contemporáneos contestaban. La pelea que se tenían entre estos dos bandos sería similar a la de los años setenta, cuando Los Infrarrealistas se enfrentan a Octavio Paz y Monsiváis, boicoteando tanto sus presentaciones como la de los escritores de su séquito, o cualquier autor que consideraran que estuviera dentro del círculo mafioso literario. Aquí se podría decir que Salvador Novo, Bodet, Gorostiza y Villaurrutia, serían similares al círculo de Octavio Paz, mientras que Maple Arce estaría dirigiendo al grupo rebelde Estridentista hacia la contracorriente de esa élite letrada.

Mientras tanto, Villaurrutia estaría en medio de la batalla tratando de mantener sus letras entre revistas y publicando sus poemas, el escritor estuviera del lado de una mafia artística o de una oposición, siempre mantuvo una mente rebelde a las reglas, a sus propias reglas y a las reglas burocráticas que enfrentó. Xavier Villaurrutia, melancólico y nocturno, poeta de primaveras opacas, de amores trágicos e inmersos en el deseo de la noche, de amor como una angustia y una duda, el sentir en un sendero confuso a mitad de la tempestad. Escritor que trascendió por cantarle a la vida a través de la nostalgia, plantando una flor de noche que creció con luz de angustia.

Para que lo conozcas más a fondo, te dejamos algo de su poesía:

Amor condusse noi ad una morte

Amar es una angustia, una pregunta,

una suspensa y luminosa duda;

es un querer saber todo lo tuyo

y a la vez un temor de al fin saberlo.

 

Amar es reconstruir, cuando te alejas,

tus pasos, tus silencios, tus palabras,

y pretender seguir tu pensamiento

cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas.

 

Amar es una cólera secreta,

una helada y diabólica soberbia.

 

Amar es no dormir cuando en mi lecho

sueñas entre mis brazos que te ciñen,

y odiar el sueño en que, bajo tu frente,

acaso en otros brazos te abandonas.

 

Amar es escuchar sobre tu pecho,

hasta colmar la oreja codiciosa,

el rumor de tu sangre y la marea

de tu respiración acompasada.

 

Amar es absorber tu joven savia

y juntar nuestras bocas en un cauce

hasta que de la brisa de tu aliento

se impregnen para siempre mis entrañas.

 

Amar es una envidia verde y muda,

una sutil y lúcida avaricia.

 

Amar es provocar el dulce instante

en que tu piel busca mi piel despierta;

saciar a un tiempo la avidez nocturna

y morir otra vez la misma muerte

provisional, desgarradora, oscura.

 

Amar es una sed, la de la llaga

que arde sin consumirse ni cerrarse,

y el hambre de una boca atormentada

que pide más y más y no se sacia.

 

Amar es una insólita lujuria

y una gula voraz, siempre desierta.

 

Pero amar es también cerrar los ojos,

dejar que el sueño invada nuestro cuerpo

como un río de olvido y de tinieblas,

y navegar sin rumbo, a la deriva:

porque amar es, al fin, una indolencia.

 

 

Poesía

Eres la compañía con quien hablo

de pronto, a solas.

te forman las palabras

que salen del silencio

y del tanque de sueño en que me ahogo

libre hasta despertar.

Tu mano metálica

endurece la prisa de mi mano

y conduce la pluma

que traza en el papel su litoral.

Tu voz, hoz de eco

es el rebote de mi voz en el muro,

y en tu piel de espejo

me estoy mirando mirarme por mil Argos,

por mí largos segundos.

Pero el menor ruido te ahuyenta

y te veo salir

por la puerta del libro

o por el atlas del techo,

por el tablero del piso,

o la página del espejo,

y me dejas

sin más pulso ni voz y sin más cara,

sin máscara como un hombre desnudo

en medio de una calle de miradas.

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